Notas De Autor

Se define mucho más que una elección que deja lecciones a la izquierda y al progresismo

Por Oscar Laborde

Lula y Flávio Bolsonaro disputan dos modelos de sociedad y de inserción internacional. El resultado impactará en América Latina, pero también dejará una lección para las fuerzas populares: sin una batalla cultural renovada, los avances económicos no alcanzan para construir mayorías duraderas.

Este domingo Brasil define su futuro inmediato. Y la decisión tendrá consecuencias que exceden sus fronteras: por el peso económico y político del país, por su influencia regional y por el lugar que ocupa en una disputa geopolítica cada vez más intensa. La elección enfrenta al presidente Lula con Flávio Bolsonaro, representante del clan político de su padre, Jair, condenado a 27 años y tres meses de prisión por su participación en la trama golpista que buscó desconocer el resultado electoral de 2022.

No se trata solamente de elegir entre dos candidatos. Se trata de decidir qué Brasil se quiere construir y qué papel jugará en el mundo.

De cualquier manera, no se puede disimular la victoria de la derecha y la ultra derecha en la primera vuelta, y en las elecciones estaduales, municipales y legislativas. Eso ya habla por sí mismo de un avance de las concepciones y los candidatos de la derecha y un estancamiento de las propuestas de la izquierda y el progresismo.

 Sin embargo, una victoria de Lula permitiría sostener un rumbo que combina crecimiento económico, políticas sociales y protección de derechos. Durante su gestión, Brasil registró avances en materia de empleo y actividad económica. Sin embargo, esos indicadores no alcanzaron para convencer a toda la sociedad de que la mejora macroeconómica se traduce necesariamente en bienestar cotidiano. Ahí aparece uno de los principales interrogantes de esta elección.

Porque los números positivos, por sí solos, no construyen mayorías políticas duraderas. Para que una transformación económica se convierta en una fuerza social capaz de defenderla, la población tiene que reconocerla en su vida diaria, en sus expectativas y en la posibilidad concreta de imaginar un futuro mejor.

Del otro lado, Flávio Bolsonaro reivindica una tradición política que propone profundizar el individualismo y colocar el esfuerzo personal como respuesta central a los problemas sociales. Es la idea de que cada persona puede salir adelante si se lo propone, como si todos partieran del mismo lugar. Pero no es lo mismo emprender con recursos, educación y oportunidades que intentarlo desde la pobreza y la exclusión. La libertad formal no elimina las desigualdades reales.

La disputa también es geopolítica. Lula sostiene una política exterior que prioriza la autonomía brasileña, la cooperación con el Sur Global y el fortalecimiento de espacios como los BRICS. Flávio, en cambio, propone estrechar los vínculos con EE UU e Israel y anunció que, si gana, incorporará a Brasil al Escudo de las Américas, la iniciativa regional impulsada por Donald Trump en materia de seguridad.

Para Washington, sumar a Brasil sería un avance estratégico. Estados Unidos busca reforzar su influencia en el continente en un escenario internacional más competitivo, con China como actor central y con cuestionamientos crecientes a la capacidad estadounidense de ordenar por sí solo el sistema mundial. Una alineación brasileña más estrecha con Trump modificaría los equilibrios regionales y fortalecería a las derechas latinoamericanas.

Pero el resultado no está escrito. Lula conserva una enorme capacidad de liderazgo, una experiencia política extraordinaria y una voluntad de pelea que él mismo resumió al decir que se siente cómodo en los mata-mata, los partidos decisivos. Las movilizaciones de los últimos días y el trabajo de los jóvenes lulistas en las redes sociales serán factores importantes para medir hasta dónde puede llegar esa capacidad de movilización.

La tardanza en construir una estrategia digital competitiva, sin embargo, muestra una dificultad más profunda. La derecha entendió hace tiempo que la disputa política no se limita a los programas de gobierno ni a los resultados económicos: también se libra en los sentidos comunes, las aspiraciones, los deseos y las formas en que cada generación interpreta su lugar en el mundo.

La ultraderecha ofrece relatos simples, identifica adversarios, promete soluciones individuales y convierte el malestar en identidad política. Frente a eso, buena parte de la izquierda, el progresismo y el movimiento popular sigue apelando a consignas del pasado, como si alcanzara con recordar las conquistas de otros años para recuperar la adhesión de quienes hoy enfrentan problemas diferentes.

Las generaciones más jóvenes no necesariamente vivieron los años de crecimiento y ampliación de derechos que marcaron buena parte de América Latina entre 2000 y 2016. No alcanza con explicarles lo que se conquistó: hay que ofrecerles una perspectiva de futuro. Eso exige discutir el trabajo, la producción, la tecnología, el acceso a la vivienda y las oportunidades. No se puede enfrentar una cultura individualista únicamente con la nostalgia de una experiencia colectiva que no se actualiza

La derecha avanza electoralmente en Brasil.Ese crecimiento no debe minimizarse. Pero tampoco puede explicarse como una adhesión automática e irreversible a la ultraderecha. El malestar con los oficialismos, la inseguridad económica y la distancia entre los indicadores generales y la vida cotidiana también condicionan los resultados electorales.

La lección para América Latina es urgente. El movimiento popular necesita recuperar la iniciativa, renovar sus lenguajes y demostrar que un proyecto colectivo puede mejorar la vida concreta de las mayorías. No basta con denunciar a la derecha: hay que volver a convencer, entusiasmar y construir expectativas.

La elección brasileña tendrá consecuencias directas para la Argentina. Una reelección de Lula sostendría una referencia regional para quienes defienden la integración y la autonomía latinoamericana. Un triunfo de Flávio Bolsonaro fortalecería a las derechas que buscan alinear el continente con la estrategia de Trump.

La batalla no se resuelve solamente en las urnas ni únicamente en la economía. También se define en la capacidad de interpretar una sociedad que cambió y de construir una propuesta colectiva a la altura de ese cambio. Brasil puede marcar el rumbo. América Latina, y nuestra querida Argentina, no pueden permanecer ajenas.

Redacción Somos Citrica

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