El plan libertario no encuentra salida: catorce meses seguidos de caída del empleo formal privado
Por Patricio da Torre
Catorce meses seguidos de caída del empleo formal privado. Ese es el dato que deja el último informe laboral y que complica el relato de recuperación económica del Gobierno. Solo en julio se perdieron otros 12.716 puestos registrados. Desde noviembre de 2023, cuando Javier Milei todavía no había asumido la Presidencia, la reducción acumulada llegó a casi 266.000 empleos privados en blanco.
Detrás de cada número hay alguien que dejó de cobrar un sueldo, una familia que tuvo que reorganizar sus gastos o un trabajador que salió a buscar otra oportunidad en un mercado cada vez más difícil. La estadística no dice que todos esos puestos hayan desaparecido por la misma razón, pero sí muestra una tendencia persistente: el empleo privado registrado lleva más de un año sin encontrar un piso.
Según los datos del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), en julio había 12.716 asalariados privados registrados menos que en junio. En los primeros siete meses de 2026, el sector perdió 134.034 puestos, una caída del 2,2%. En comparación con noviembre de 2023, el retroceso alcanza el 4,2%.
No se trata de un problema aislado de una sola actividad. La industria, la construcción y el comercio aparecen entre los sectores más golpeados, tres áreas que emplean a cientos de miles de personas y que dependen, en buena medida, de que haya producción, obras y consumo.
La construcción encabezó las caídas mensuales de julio, con una baja del 0,6% en su plantilla de trabajadores registrados. Le siguieron la intermediación financiera, con un retroceso del 0,4%, y la industria manufacturera, el comercio, el transporte y los hoteles y restaurantes, con caídas del 0,3% cada uno.
Si se mira la comparación interanual, el panorama tampoco mejora. La industria manufacturera perdió un 4,4% de sus puestos registrados; la intermediación financiera, un 4,8%; y el comercio, un 3,4%.
El mapa se extiende más allá de los grandes centros urbanos. En la comparación interanual a julio, 21 de las 24 jurisdicciones del país registraron caídas del empleo asalariado privado. Tierra del Fuego encabezó el retroceso, con un 12,6%, seguida por Misiones, Corrientes, Formosa y Santa Cruz. En contraste, Neuquén y Río Negro mostraron aumentos, en parte en un contexto de actividad energética que no se replica en el conjunto de la economía.
La diferencia entre provincias también ayuda a entender por qué la palabra “recuperación” puede resultar engañosa cuando se utiliza para describir a todo el país. Hay actividades y regiones que crecen, pero ese movimiento convive con una pérdida extendida de puestos de trabajo.
El deterioro laboral va acompañado por una reducción del entramado empresario. Durante el primer trimestre de 2026, el número de empresas con trabajadores registrados cayó en algo más de 4.000 firmas, un 0,7%. No todas las bajas del registro equivalen necesariamente a empresas que cerraron definitivamente, pero el dato muestra que el universo de empleadores formales se achica.
A la vez, el crecimiento de las inscripciones al monotributo no alcanza para compensar la pérdida de empleo asalariado registrado. En julio se sumaron 1.432 inscriptos en ese régimen y, en un año, el aumento fue de 58.778. Son categorías distintas: estar inscripto como monotributista no equivale a tener un empleo asalariado con vacaciones pagas, aguinaldo y aportes a cargo del empleador.
La diferencia importa porque una economía puede mostrar más personas buscando cómo generar ingresos sin crear, al mismo tiempo, puestos estables. El problema no es solamente cuántas personas trabajan, sino en qué condiciones lo hacen y qué protección tienen frente a una enfermedad, una caída de ingresos o la llegada de la vejez.
El informe también registró una mejora mensual del salario real promedio del empleo privado registrado en agosto: subió un 1,3% respecto del mes anterior, según la medición desestacionalizada. Pero esa recuperación es desigual y no alcanza para describir la situación de todos los trabajadores.
Desde noviembre de 2023, el salario promedio real del empleo privado registrado se ubicó un 1,2% por encima de aquel nivel, mientras que el salario medio negociado en los principales convenios colectivos seguía un 6,9% por debajo. La diferencia entre ambos indicadores muestra que los aumentos no llegaron de la misma manera a todas las actividades.
Algunos convenios lograron recuperar poder adquisitivo, pero otros acumulan pérdidas fuertes. Entre noviembre de 2023 y agosto de 2026, los salarios reales del sector textil cayeron un 32% y los de comercio, un 18%. También hubo retrocesos entre trabajadores del transporte de pasajeros y encargados de edificios.
Por eso, una mejora mensual no alcanza para dar por resuelto el problema. El bolsillo no se mide únicamente por lo que subió el sueldo en un mes, sino por lo que puede comprar frente a los precios y por la estabilidad de los ingresos en el tiempo.
La caída del empleo formal no ocurre en el vacío. Se combina con una economía que perdió impulso, sectores productivos en retroceso y un Gobierno que todavía no consigue transformar su promesa de crecimiento en una recuperación extendida del trabajo y los ingresos.
El último informe del Fondo Monetario Internacional recortó la previsión de crecimiento argentino para 2026 del 3,5% al 2,1%. Al mismo tiempo, elevó la inflación promedio proyectada para este año del 30,4% al 32,5%. El dato llega después de que los precios volvieran a acelerarse en septiembre: el IPC subió un 1,9% mensual, por encima del 1,7% de agosto. Lejos de la inflación cero que Milei había prometido para esta etapa, el costo de vida vuelve a presionar sobre salarios que, para buena parte de los trabajadores, siguen sin recuperar lo perdido.
La actividad también muestra grietas profundas. En julio, la economía cayó un 2,9% mensual y el PBI se contrajo un 0,6% durante el segundo trimestre. La industria manufacturera y la construcción retrocedieron cerca de un 5% interanual, dos sectores que concentran una parte importante del empleo privado registrado. El resultado es una economía desigual: mientras el agro, la energía y la minería encuentran oportunidades de expansión, otras actividades pierden producción, empresas y puestos de trabajo.
En los mercados financieros, el riesgo país volvió a subir y superó los 600 puntos básicos a fines de septiembre, después de haber tocado un mínimo cercano a los 400 puntos en julio. El indicador refleja la desconfianza de los inversores sobre la deuda argentina y encarece las condiciones de financiamiento. No es una medida directa del empleo ni de la actividad cotidiana, pero sí otra señal de que el ajuste fiscal no alcanza por sí solo para disipar las dudas sobre el rumbo económico.
La incertidumbre también alcanzó al equipo económico. En medio de versiones sobre una posible salida de Luis Caputo, Milei tuvo que desmentir públicamente los rumores y calificarlos de “disparate total”. La escena expuso las tensiones que rodean al ministro justo cuando el Gobierno necesita sostener la confianza de los mercados y avanzar en la negociación con el FMI.
El cuadro es difícil de conciliar con el discurso de una recuperación inminente. Catorce meses consecutivos de caída del empleo privado registrado, casi 266.000 puestos menos desde noviembre de 2023, menos empresas empleadoras y un deterioro persistente en la industria y la construcción no son apenas una mala racha estadística: describen el costo laboral de una economía que todavía no encuentra un motor capaz de generar trabajo formal a gran escala.
El Gobierno sostiene que el orden macroeconómico abrirá el camino al crecimiento. Pero la pregunta central sigue sin respuesta: ¿cuánto tiempo más puede presentarse como una transición hacia la recuperación un proceso que acumula pérdida de puestos registrados, actividad estancada y nuevas dificultades para los ingresos? Mientras esa mejora no llegue al mercado laboral, el costo del modelo seguirá midiéndose también en los empleos que desaparecen.





