“Lennon Era muy, muy, muy famoso, y esa es la única razón por la que lo elegí: yo estaba buscando mucho, mucho, mucho, la gloria para mí. Fui muy egoísta. Quiero añadir eso, y enfatizarlo profundamente. Fue un acto extremadamente egoísta. Lo siento mucho por el dolor que le causé a ella. Pienso en ella constantemente”, expresó Chapman en el registro.
Chapman también confesó que Lennon no era su único objetivo. Según reconoció, el músico formaba parte de una lista de posibles víctimas que incluía a políticos y celebridades. Entre esos nombres aparecía el entonces recientemente elegido presidente estadounidense Ronald Reagan y Elizabeth Taylor, una de las actrices más célebres de Hollywood.
El pasado 27 de agosto, la justicia estadounidense, al revisar el decimocuarto pedido de libertad condicional de Chapman, volvió a denegarlo, tal como lo hizo en todas las solicitudes previas. Entre los argumentos, se sostuvo la gravedad del crimen y el impacto que la muerte de Lennon provocó en la sociedad. Además, el tribunal esgrimió un aspecto de seguridad pública: la posibilidad de que fanáticos de Lennon intentaran vengarse de Chapman.
La oposición de Yoko Ono fue también determinante: en cada ocasión, expresó su rechazo a cualquier posibilidad de liberación, argumentando que el recuerdo de aquella noche aún pesa en su vida y que la liberación de Chapman representaría para ella una amenaza constante.
Las disculpas de Chapman, dirigidas una y otra vez a la artista japonesa no han logrado modificar la decisión de las autoridades penitenciarias. Lleva 44 años preso y no parece que eso vaya a cambiar pronto. Para la justicia -así como para gran parte de la opinión pública-, su arrepentimiento llega demasiado tarde y no puede compensar la magnitud del daño causado. La sombra de aquel disparo frente al Dakota aún se proyecta sobre la historia contemporánea y, en particular, sobre Estados Unidos, donde este tipo de atentados contra figuras públicas tienen lugar con demasiada frecuencia, como si se tratara de algo intrínseco a su cultura.
El crimen, en muchos sentidos, tuvo un desarrollo delirante. Mark David Chapman fue detenido apenas unos minutos después de disparar contra Lennon. Hizo cinco disparos y no intentó escapar: guardó el arma, un revólver calibre 38, y se quedó ahí mismo, sentado en la vereda frente al edificio Dakota, a pasos del Central Park.
Cuando los policías llegaron, lo encontraron leyendo tranquilamente un ejemplar de El guardián entre el centeno, la novela de J. D. Salinger con la que estaba obsesionado y a la que atribuyó buena parte de sus motivaciones.
Cristiano fundamentalista, ex militar y con muchos datos biográficos que recuerdan el personaje de Robert De Niro en Taxi Driver, Chapman afirmó que había planeado el crimen con antelación y que su objetivo era asesinar a Lennon para ganar notoriedad mundial, por lo que no tenía ninguna intención de huir. Su inmediata detención marcó el inicio de un proceso judicial que concluyó en 1981.
Esa tarde, Lennon le había firmado a Chapman –que se encontraba en la puerta del Dakota junto a otros fans- un ejemplar de su disco Double Fantasy, que acababa de salir.
Poco más tarde, el infame admirador le disparó cinco tiros por la espalda. Cuatro de los cinco proyectiles lograron impactar en el cuerpo de Lennon, que fue trasladado de urgencia al hospital Roosevelt, adonde llegó sin vida. Tenía 40 años. Cuatro menos de los que su asesino lleva entre rejas.
Nada hace pensar que no pasará allí todavía muchos más.