Uno de los principales contrastes aparece en Medio Oriente. Trump prometió evitar nuevas guerras, pero Estados Unidos participó junto con Israel en ataques contra instalaciones nucleares iraníes en junio de 2025 y volvió a lanzar una ofensiva conjunta contra Irán en febrero de 2026, después de que fracasaran las negociaciones diplomáticas. La escalada derivó en represalias y extendió la confrontación por la región.
La guerra también tuvo consecuencias económicas internacionales, con alteraciones en el suministro energético y aumentos en los precios del combustible. Mientras tanto, Trump sostiene que su estrategia de presión militar es necesaria para impedir que Irán desarrolle armas nucleares.
Venezuela es otro de los escenarios centrales de su política exterior. Tras meses de presión económica y operaciones militares contra embarcaciones señaladas por Washington como parte del narcotráfico, el Gobierno estadounidense lanzó en enero de 2026 una operación militar en Caracas que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. Ambos fueron trasladados a Estados Unidos para enfrentar cargos judiciales.
La intervención abrió un nuevo capítulo de tensión regional y reavivó las críticas sobre el uso de la fuerza estadounidense y sus objetivos políticos y económicos en América Latina.
Conflictos que siguen abiertos
La afirmación de Trump de haber resuelto ocho conflictos también está bajo cuestionamiento. En algunas de las disputas que presenta como éxitos diplomáticos, los enfrentamientos volvieron a registrarse. Es el caso de la República Democrática del Congo y de la frontera entre Camboya y Tailandia.
La guerra entre Rusia y Ucrania, por su parte, continúa sin una resolución definitiva, pese a que Trump prometió terminarla al comienzo de su segundo mandato. Su capacidad para convertir sus anuncios en acuerdos duraderos sigue siendo uno de los puntos más discutidos de su política internacional.
A estas tensiones se suma la expansión de las operaciones militares estadounidenses en países como Somalia, Irak, Siria y Yemen. Aunque la Casa Blanca presenta esas acciones como parte de su estrategia contra organizaciones armadas, el incremento de los ataques vuelve a poner en discusión el alcance de la intervención militar de Washington en distintas regiones.
Un Nobel que Trump reclama como propio
La insistencia del mandatario estadounidense con el Nobel no es nueva. En enero de 2026, la dirigente opositora venezolana María Corina Machado le entregó su medalla del Premio Nobel de la Paz 2025, que había recibido ella, en un gesto político con el que buscó reconocer el apoyo de Trump a su causa.
Pero ese episodio no equivale a que el Comité Nobel le haya otorgado el premio. El galardón de 2025 fue concedido oficialmente a Machado, y el reconocimiento de 2026 tiene su propio proceso de selección.
Trump sostiene que su intervención en distintos conflictos lo convierte en un candidato excepcional. Sin embargo, las guerras que continúan abiertas, los enfrentamientos que reaparecen y las nuevas operaciones militares de su Gobierno dejan una pregunta central: ¿hasta qué punto puede presentarse como artífice de la paz un presidente que también profundiza la estrategia militar de Estados Unidos?
Mientras el mandatario reclama reconocimiento internacional, el balance de su gestión expone la distancia entre su discurso de pacificador y una política exterior atravesada por la fuerza, las amenazas y conflictos que todavía no encuentran una salida duradera.