La empresaria señaló que la situación se volvió aún más compleja durante el último año, marcada por la inestabilidad de los insumos y la inflación. “Yo manejo bien los números, me la paso haciendo números hace años. Entonces dije: ‘No, no es momento’”, aseguró. Además, remarcó las particularidades del sector: demoras en materiales, feriados que frenan la producción y una cadena de proveedores golpeada por la caída del consumo. “El calzado es muy difícil, es un rubro muy especial”, resumió.
Consultada sobre si atraviesa el peor momento del sector, Balli fue contundente: “Nunca vivimos una situación así tan difícil, nunca. Y ver a mis fabricantes, que fabrican para grandes marcas también, verlos tan deprimidos, tampoco me pasó. Muchos han cerrado”. Según relató, muchas fábricas redujeron personal, tercerizaron tareas y ajustaron precios para sobrevivir.
El impacto también se siente en el barrio: “Hay muchos colegas que están cerrando en Flores, locales impresionantes, y lo estuvimos hablando”, comentó, reflejando una postal cada vez más frecuente en la zona comercial.
Para Balli, el problema de fondo es claro y tiene que ver con el bolsillo del consumidor: “La gente está priorizando el colegio, la comida. Para mí tiene que ver con eso. Si al cliente le falta dinero, va a priorizar toda la vida ir al supermercado, llenar la heladera, pagar el colegio, pagar una obra social, mantener a sus hijos. Ahora llega el momento del colegio, tomarse cinco días de vacaciones. O sea, la gente está priorizando. El calzado no es una prioridad, la ropa no es una prioridad”.
La crisis también golpeó al canal mayorista: muchos clientes cerraron, otros migraron a la venta online y el ingreso de productos importados desde Brasil y China profundizó la caída de la industria nacional. Aun así, Balli marcó una diferencia: “No quiero caer en eso. A mí me gusta fabricar”.
De cara al futuro, adelantó que ya evalúa un cambio de rubro, aunque prefirió no dar detalles hasta terminar de liquidar el stock. Descartó volver al mundo textil, los accesorios o el calzados, y deslizó que podría volcarse a algo vinculado al hogar o la decoración. “No quiero decir todavía porque quiero que se vacíe el local, vender todo lo que queda”, explicó.
Uno de los momentos más emotivos de la charla estuvo ligado al recuerdo de la emblemática “ochava”, el histórico local de esquina que se convirtió en símbolo de la marca. “La ochava fue, la ochava fue. Ya hace rato que la ochava fue. Cuando se me venció el contrato, que fue en septiembre, lo vacié en dos días. Vos no sabés con qué velocidad”, recordó.
Por último, defendió la calidad de sus productos con ironía y orgullo: “Un zapato de Xurama no sale 1000 dólares, 1200 dólares”, lanzó entre risas, en alusión a los valores del mercado internacional. Un cierre que combina nostalgia, realismo y la certeza de que, aunque una etapa termina, otras nuevas están por empezar.