El primer acto por el Día Internacional de los Trabajadores se realizó en Argentina en 1890, tan sólo 4 años después de los acontecimientos de Chicago, EE.UU., y las mujeres también fueron protagonistas. La exigencia de 8 horas de trabajo, 8 horas de ocio y 8 horas de descanso, para mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, ya había llegado a nuestro país y empezaba a convertirse en una bandera de lucha. Ellas, las obreras textiles, del papel, del tabaco, de la alimentación, entre otras, tendrían mucho por decir.
Organizado por socialistas y anarquistas, se desarrolló en 4 ciudades del país, entre ellas Rosario y Buenos Aires. Fue toda una novedad tanto para los trabajadores como para los funcionarios de gobierno, los terratenientes, los patrones y ¡hasta para la iglesia! Todos despotricaban contra los obreros.
Hacía un año que se había resuelto que el 1ro de mayo sería el día internacional de los trabajadores. Inmediatamente después, ya empezaban los preparativos para realizar el primer acto por los mártires de Chicago en Argentina, que se convertiría en una tribuna para los reclamos de los obreros y las obreras.
En Capital el acto se realizó en el Prado Español en Plaza de la Recoleta, con la asistencia de más de 3.000 obreros. Quienes participaron pudieron escuchar la proclama que los organizadores habían consensuado y que luego entregarían, con firmas de miles de trabajadores apoyando la petición, al Congreso Nacional para que lo debatiera.
Entre las primeras proclamas pudieron escucharse la exigencia de “limitación de la jornada de trabajo a un máximo de ocho horas para los adultos; la prohibición del trabajo de los niños menores de catorce años; la abolición del trabajo de noche, exceptuando ciertas ramas de industria cuya naturaleza exige un funcionamiento no interrumpido; la prohibición del trabajo de la mujer en todas las ramas de la industria que afecten con particularidad el organismo femenino; la abolición del trabajo de noche de la mujer y de los obreros menores de 18 años; el descanso no interrumpido de 36 horas por lo menos, cada semana, para todos los trabajadores; la inspección minuciosa de talleres y fábricas por delegados remunerados por el estado, elegidos al menos la mitad por los mismos trabajadores”, entre otros.
También le exigían al Congreso que «considera necesaria la organización de la clase obrera por todos los medios, para lo cual (se) reclama la entera libertad de coalición y conciliación». Pero ni la organización ni la lucha seria sólo de los varones, las mujeres debían ser admitidas “a las obreras (se las debe tratar) como compañeras, con los mismos derechos, haciendo valer para ellas la divisa: lo mismo por la misma actividad» (o sea, «igual salario por igual trabajo»).