El 1° de mayo de 1886, un conjunto de organizaciones obreras en los Estados Unidos convocó a una huelga general para exigir las ocho horas de trabajo. Las extensas jornadas de entre 12 y 16 horas, las severas condiciones de vida y la inexistencia de derechos para los trabajadores y las trabajadoras se habían convertido en una fuente de fuertes reclamos en este país y en Europa.
La Federación Americana del Trabajo sostuvo el reclamo y tres años después, en 1889, el Congreso fundacional de la II Internacional Socialista lanzó una convocatoria mundial levantando esa consigna como central. De esta forma, el 1° de mayo de 1890, a lo largo y ancho de Europa y en otros países, incluyendo Argentina, se organizaron actos y movilizaciones en reclamo de esa conquista.
El éxito de la convocatoria determinó que se replicara año tras año, aunque las distintas corrientes del movimiento obrero no coincidían en su formato y contenido. Para los anarquistas y otros sectores radicalizados, el 1° de mayo debía ser un día de duelo por los “mártires de Chicago” y de lucha contra el estado capitalista con el objetivo de poner en evidencia las injusticias del orden social y propagar los ideales de transformación revolucionaria.
En Estados Unidos, el temor a la extensión de los disturbios sociales asociados al 1° de mayo llevó tempranamente a la instauración de un feriado alternativo como día del trabajo en el mes de septiembre. Pero el éxito de las convocatorias anuales y la persistencia de las demandas obreras en el resto del mundo occidental llevaron a la II Internacional a instaurar, en 1904, el 1° de mayo como día de cese de tareas y movilización general de los trabajadores y las trabajadoras, primero en torno a la campaña por las ocho horas y luego por la ampliación de los derechos laborales, la paz mundial y la defensa de las libertades, entre otras consignas.
Tras la Primera Guerra Mundial, tanto el día del trabajador y de la trabajadora como la conquista de la jornada de ocho horas, entre otras, empezaron a contar con el reconocimiento de los estados: primero en Europa y en la Rusia revolucionaria y luego en el resto del mundo. En Asia y África, el feriado del 1° de mayo quedó instaurado luego de la Segunda Guerra Mundial, cuando los países de esos continentes se encontraban en proceso de descolonización.
En el contexto de la Guerra Fría, la celebración asumió en la Unión Soviética un nuevo sentido asociado al poderío militar comunista, que incluía el desfile de soldados y armamentos. Esta resignificación, sumado al reconocimiento oficial de la fecha en la mayor parte del mundo, derivó en cierto declive en general de la jornada internacional en occidente.
Tras la caída de la Unión Soviética, el marcado debilitamiento de la creencia en un futuro socialista se tradujo, en muchos casos, en la pérdida de la masividad de las acciones emprendidas los 1° de mayo y de su carácter obrero.
Sin embargo, hacia finales del siglo XX y principios del XXI, el estallido de diversas crisis económicas y sociales en el mundo vienen propiciando la revitalización de esta jornada que nunca dejó de constituir, desde sus inicios, una oportunidad para la expresión de los reclamos y las expectativas de transformación social.