Quiénes fueron los «mártires de Chicago», íconos de la protesta que dio origen al 1º de mayo
Al igual que el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, la celebración del 1º de mayo tiene su origen en una tragedia ocurrida en el marco de una lucha obrera en Estados Unidos. En ambos casos, se trató del reclamo por la jornada laboral de 8 horas, un derecho tan básico que hoy pareciera que ocurrió como una consecuencia natural y no tras el derramamiento de mucha sangre de trabajadores y trabajadores.
En aquel contexto del tránsito entre el siglo XIX y el XX, con el capitalismo industrial definiendo las nuevas condiciones del mundo, las jornadas de trabajo en fábricas y talleres eran extensas y físicamente al límite. Se superaban habitualmente las doce horas diarias, casi no existía la regulación estatal y el trabajo infantil se vivía con una pasmosa normalidad.
Ante esa realidad asfixiante, el 1º de mayo de 1886 los entonces incipientes sindicatos de la ciudad de Chicago convocaron una huelga y lanzaron a las calles a miles de trabajadores para reclamar la reducción de la jornada laboral a ocho horas. La protesta formaba parte de un movimiento más amplio que se extendía por distintas ciudades de Estados Unidos y del mundo.
Las protestas comenzaron a extenderse y el 3 de mayo la policía fusiló a tres obreros que protestaban delante de la puerta de la fábrica en la que trabajaban. La presión se hizo enorme y, el 4 de mayo, todo saltó por los aires en la plaza Haymarket, durante una concentración de más de 20.000 personas que la policía quiso desalojar cuando cayó la noche. En medio de la refriega, una bomba casera estalló en la plaza y mató a un agente de policía, lo que desató una represión brutal.
Al día siguiente se declaró el Estado de sitio en Chicago. La policía realizó cientos de detenciones y, a través de torturas que se comprobaron años más tarde, se identificó y detuvo a ocho manifestantes, que fueron llevados a un juicio que iba a quedar en la historia, al igual que sus nombres.
Se trataba de August Spies, Albert Parsons, Adolph Fischer, George Engel, Louis Lingg, Michael Schwab, Samuel Fielden y Oscar Neebe. Un obrero textil, un vendedor ambulante, dos tipógrafos, tres periodistas y un carpintero, todos ellos militantes anarquistas, excepto Fischer, quien adhería a las ideas del socialismo.
El juicio comenzó en junio, con una presión tremenda de la prensa, no solo la de Chicago sino también de medios prestigiosos como el New York Times, que reclamaban simple y llanamente “ahorcar a los extranjeros”. Tras un proceso sin ninguna clase de garantías, con testimonios obtenidos por la fuerza y abogados defensores que parecían casi tan interesados como los fiscales en que los “ocho de Chicago” fueran condenados, la sentencia no sorprendió a nadie.
Cuatro de ellos —Spies, Parsons, Fischer y Engel— fueron condenados a morir en la horca y ejecutados en 1887, mientras que Lingg se suicidó en prisión antes de la sentencia. Schwab y Fielden recibieron condenas a cadena perpetua y Neebe fue sentenciado a 15 años de prisión.
El poeta cubano José Martí, que por aquel entonces era corresponsal en Nueva York del diario La Nación, viajó hasta Chicago para presenciar la ejecución de los condenados. Y esto fue lo que describió: «Hay firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el del Parsons, Engel hace un chiste a propósito de su capucha, Spies grita: «La voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pudiera yo decir ahora». Les bajan las capuchas, luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean en una danza espantable…».
En 1893, el gobernador del estado de Illinois, donde está Chicago, otorgó el indulto a los sobrevivientes, al considerar que el juicio había sido injusto. Estos hombres, tanto los cinco condenados a muerte como sus otros tres compañeros, pasarían a ser conocidos como los “Mártires de Chicago” y fueron enterrados juntos bajo el monumento de homenaje que se emplazó en el Forest Park de Chicago, y que aun hoy es una visita obligada de muchos de aquellos que visitan la ciudad.
Tres años después de lo ocurrido en la plaza Haymarket, en 1889, la Segunda Internacional, reunida en París, resolvió establecer el 1º de mayo como una jornada de reivindicación mundial en memoria de aquellos acontecimientos y como símbolo de la lucha por los derechos de los trabajadores. Desde entonces, la fecha comenzó a ser adoptada progresivamente por distintos países, acompañada de movilizaciones, actos sindicales y expresiones de reclamo social.
La primera conmemoración del Día del Trabajador en Argentina tuvo lugar el 1º de mayo de 1890, apenas un año después de que la Segunda Internacional instituyera la fecha en París. En aquel entonces, el contexto era de una incipiente industrialización y una fuerte llegada de inmigrantes europeos que traían en las valijas ideas anarquistas y socialistas.
En aquel primer encuentro unas 3.000 personas se reunieron en el llamada Prado Español, un parque que estaba muy cerca de la estación de Retiro. El reclamo central era el mismo que en Chicago y en el resto del mundo: la jornada laboral de ocho horas, la prohibición del trabajo infantil y la mejora de las condiciones de salubridad.
Durante los años siguientes, el 1º de mayo se convirtió en sinónimo de choques y represión. El Estado y las fuerzas de seguridad veían estas concentraciones como una amenaza al orden público, impulsadas por «judíos» y «agitadores extranjeros». Uno de los episodios más oscuros ocurrió en 1909, en lo que se conoció como la «Semana Roja»: una violenta represión policial en la Plaza Lorea terminó con varios obreros muertos y cientos de heridos, lo que derivó en una huelga general que paralizó Buenos Aires.
En aquellos años, con las organizaciones obreras lideradas por anarquistas, el socialistas y, luego, comunistas, la fecha no tenía nada de festejo, sino un recordatorio de los mártires y un espacio de protesta.
La naturaleza de la fecha cambió radicalmente a mediados del siglo XX. Si bien el presidente Hipólito Yrigoyen había decretado el feriado nacional en 1930, fue durante los primeros dos gobiernos de Perón (1946-1955) cuando la celebración alcanzó una dimensión masiva e institucionalizada.
Bajo el peronismo, el 1º de mayo dejó de ser una jornada de luto y protesta contra el Estado para transformarse en la «Fiesta del Trabajo», asociada con los derechos conquistados durante el peronsimo (vacaciones pagas, aguinaldo, jubilaciones) y con un tono mucho más celebratorio y festivo. El 1º de mayo de 1952, en una Plaza de Mayo colmada, una Evita visiblemente deteriorada por el avance del cáncer dio su último discurso público y terminó de solidificar el vínculo de la fecha con la mitología del Justicialismo.




