DIVIDIDOS EN LA PATERNAL: LA ERA DE LA LUCIDEZ
La banda se presentó el sábado pasado en el Estadio Diego Armando Maradona y,
además de repasar sus clásicos, ofreció una cuota de homenajes, invitados y
emotividad eléctrica.
Sábado 26 de octubre, 19:00 horas.
Promediando el atardecer y haciéndole frente a las altas temperaturas, el campo y las tribunas de la cancha de Argentinos Juniors, rebautizada en los últimos años, se iban llenando. Mientras las remeras negras copaban la escena, una pantalla desde el escenario presentaba imágenes de la estación de trenes de Hurlingham, con peatones caminando casualmente y alguna que otra moto que paseaba encomiendas. Seguramente, otro de los mensajes cifrados que Divididos acostumbra a meter en sus canciones, videos y demases.
Una vez que el video dispara el audio de “Mañana en el Abasto” de Sumo y las imágenes del ferrocarril continúan, las luces se apagan. Casi media hora después de lo programado, Divididos sale al escenario de un estadio de fútbol por primera vez desde aquella noche de mayo del año pasado en Vélez, donde festejaban sus 35 años.
La propuesta de Divididos siempre fue sencilla pero no por eso menos efectiva: se apoyan en su sonido de power trío impenetrable, con pocos trucos, pero con resultados certeros. La potencia de Ricardo Mollo y su guitarra se balancea entre la muralla de sonido atronadora que confirman el bajo de Diego Arnedo y la batería de Catriel Ciavarella, quien este año cumplió 20 años ocupando su lugar tras los parches.
¿Hard Rock fuerte, ajustado y cancionero? Divididos tiene. ¿Un cantante que se forma entre el estruendo de su registro vocal y el estallido de sus seis cuerdas? También tiene. ¿La mejor base rítmica del rock argentino desde el trío Invisible? Bueno, se entiende. Apoyados en esta ecuación, abren el show con “Cajita Musical”, un no-clásico que los más curiosos en el estadio conocen de punta a punta y corearon con entusiasmo, tal vez mostrando también algo de aprecio por ese disco que es Vengo del placard de otro (2002) y que no suele filtrarse tanto en sus shows en vivo.
Finalizado, aparece la primera curiosidad: “Ala delta”, abandonando su zona de confort de ser una de las canciones de cierre, demostró que también funciona como segunda carta de bienvenida en vivo. Lo que siguió en lo inmediato fue un repaso por Narigón del siglo (2000), tal vez el disco más celebrado del trío en este siglo; el debut 40 dibujos ahí en el piso (1998), donde todavía sonaban a unos Sumo en estado de transición, y Gol de mujer (1998). Así, “Casi estatua”, “Haciendo cosas raras”, “Alma de budín”, “Tanto anteojo” y “Elefantes en Europa” fueron las canciones elegidas para hacerles justicia a los discos mencionados, sumando el primer cover de la noche: la versión acelerada de “Salgan al sol” de Billy Bond y la Pesada del Rock and Roll.
Cambio de instrumentos, y ahí sí, otra rareza: “El Fantasio”, con su densidad psicodélica y un solo de Mollo que arrancó aplausos incluso antes de terminar.
Promediando las 22:00 y luego de una versión con zapada incluida de “Sábado”, Diego Arnedo tomó el micrófono y anunció: “Lo que van a ver ahora yo lo bauticé ‘El Monstruo de tres cabezas de La Paternal’”. La sorpresa tomó forma cuando en el escenario aparecieron Javier Malosetti y Machi Rufino, conformando así una pared de graves por quienes sean tal vez los tres mejores bajistas del rock nacional y generando una imagen difícil de olvidar para las casi treinta mil personas que copaban el estadio. En este formato de quinteto, interpretaron el segundo cover de la noche, el ya clásico “Despiértate nena” que, si bien pertenece a Pescado Rabioso, Divididos adoptó como propio e incluso la grabaron en estudio en el mencionado Vengo del placard de otro. Una versión con el bajo de Malosetti en modo disparador de efectos y graves psicodélicos, mientras Machi, desde un costado, cumplía su labor con bajo perfil y un tono que no dejaba de atronar.
Llegando a lo que sería la mitad del show, apareció el primer y único tema del último disco de estudio de Divididos, el ya lejano Amapola del 66 (2010): “La Flor Azul”, una chacarera compuesta por Mario Arnedo Gallo, padre de Diego Arnedo, e interpretada con violinista y segundo guitarrista invitados.
La lista luego dio paso a otro ¿hit? que es “Par Mil”, con su estribillo iluminado, y a la primera intervención acústica de la noche: Ricardo Mollo, solo en compañía de su guitarra, entonó “Spaghetti del rock”, aquella canción que durante el 2000 y 2001 sonaba sin parar en todas las radios. Pero la emotividad se guardaba la mejor carta de la noche, y eso ocurrió a continuación, cuando Mollo le dio la bienvenida a Claudio Marciello, más conocido como “El Tano”, para que el histórico guitarrista de Almafuerte y mano derecha de Ricardo Iorio en su última gran banda interprete en formato dúo junto a Mollo la canción más representativa de Almafuerte: “Sé vos”, coreada por todo el estadio y, puedo dar fe, vi un par de lágrimas caer.
Palabras de agradecimiento del Tano, quien emocionado escuchaba cómo todo el estadio coreaba su nombre, y un Mollo que recordaba y agradecía a Ricardo Iorio, de quien el día anterior se había cumplido un año de su fallecimiento.
La lista de invitados estaba al expandirse y parecía que serían varios, considerando que los plomos colocaban no uno ni dos, sino seis pies de micrófonos en el escenario. Así, sin más, la banda dio la bienvenida a Adriana Varela, Willy Bronca, Facundo Toro, Nadia Larcher y al mismísimo León Gieco (a quien Mollo presentó como “el león del bien”) para interpretar una gema oculta de la discografía del músico santafesino como es “El Embudo”, con muestra de freestyle de Willy Bronca incluida, previo a esbozar el mensaje que dejaba claro en su remera: “Viva la Universidad Pública”.
En el tramo final del show, y luego de un muy conveniente solo de batería de Catriel Ciavarella, la banda arremetió con “El Arriero”, otro de sus clásicos, aunque escrito originalmente por Atahualpa Yupanqui, quien desde la pantalla detrás del escenario contemplaba con su mirada intimidante. En este punto, el trío dio rienda suelta a los temas más celebrados de su repertorio, aquellos que se encuentran en los dos discos más celebrados de su catálogo como son Acariciando lo áspero (1991) y La era de la boludez (1993), regalándonos temas como “Paraguay”, “Rasputín”, “¿Qué tal?”, “Cielito Lindo” y “El 38”. Además, cumplieron con los obligados temas de Sumo que Mollo y Arnedo grabaron en la mítica banda y que se mantienen inalterables en el setlist de Divididos: “Crua Chan” y “Next Week” cumplieron la cuota de nostalgia y, finalmente, “El ojo blindado”, tal vez la canción más punk de Sumo, fue la elegida para dar cierre a la noche.
Con zapada explosiva de cierre incluida, la banda agradeció, regaló elogios al barrio y al estadio y prometió volver a tocar allí.
Mientras caminaba hacia la Avenida San Martín, pensaba en el estado actual del rock nacional y me asaltó la duda: ¿cuántas bandas históricas de rock (verdadero rock) argentino pueden hoy llenar un estadio? ¿Cuántas de aquellas están en actividad? ¿Dos, tres? ¿Cuatro, siendo optimista? Frente al panorama musical incierto en el que la música “tocada por seres humanos” (como decía el guitarrista de la Paternal) se encuentra, es más que celebratorio vivir en un presente donde una banda de casi cuarenta años de trayectoria logra reunir, en un contexto económico adverso, a una multitud en un estadio, utilizando su mejor arma: sus canciones.





