El escenario político y social argentino consolida su tendencia hacia una polarización extrema, a un año de las elecciones; con el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, creciendo en intención de voto y el presidente de la Nación, Javier Milei, aumentando su imagen negativa.
El más reciente estudio de opinión pública a nivel nacional, desarrollado por la consultora CEOP Latam a mediados de mayo expone una radiografía social donde las identidades ideológicas se encuentran partidas prácticamente a la mitad, con un 36% de los ciudadanos identificados con la derecha o centro derecha y un 38% alineados con la centro izquierda o la izquierda.
Este equilibrio de fuerzas se traduce de forma directa en un escenario de tercios atenuado, donde dos figuras nítidas se consolidan en la vanguardia: el gobernador bonaerense, Axel Kicillof, y el presidente de la Nación, Javier Milei.
Ambos dirigentes retienen las preferencias de los sectores más decididos, registrando lo que los analistas denominan un «empate técnico» en sus núcleos duros de votantes, que rondan el 30% de las adhesiones. Sin embargo, al profundizar el análisis sobre el potencial de crecimiento y la resistencia electoral de cada uno, el informe enciende luces de alarma para el oficialismo y abre un horizonte de proyección sustancial para el arco opositor vinculado al kirchnerismo-peronismo.
El dato analítico más relevante surge al contrastar el «piso» (voto seguro) con el «techo» (voto probable) de los dos principales candidatos. Mientras que en el voto firme existe una paridad absoluta —con Kicillof en un 30,3% y Milei en un 29,9%—, la capacidad de captación de los ciudadanos indecisos o independientes marca una distancia metodológica clave.
El gobernador de la provincia de Buenos Aires demuestra una notable elasticidad electoral. Su voto probable (15,5%) se suma a su núcleo duro y lo proyecta a un techo total del 45,8%. Esta diferencia de quince puntos entre su base y su potencial máximo perfila un volumen político que, bajo el actual sistema electoral, le otorgaría posibilidades concretas de imponerse en una primera vuelta.
Por el contrario, el presidente de la Nación exhibe síntomas de encasillamiento. Su voto probable es de apenas el 6,9%, lo que sitúa su techo electoral en un 36,8%. Este comportamiento técnico evidencia que el mandatario retiene de manera casi exclusiva a sus convencidos, pero experimenta serias dificultades para permear en otros estratos de la sociedad, un fenómeno asociado a la baja sostenida en sus niveles de popularidad general.